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Habilidades sociales en niños entre los 4 y 6 años: ¿cómo se aprenden en el aula?
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Habilidades sociales en niños entre los 4 y 6 años: ¿cómo se aprenden en el aula?

  • De Colegio
  • 28 De septiembre De 2026

Por Andrea Dancuart Sardá | Publicado el 28 de setiembre de 2026 Entre los 4 y 6 años, los niños atraviesan una etapa decisiva para el desarrollo de sus habilidades sociales: descubren que forman parte de un grupo y que convivir implica escuchar, esperar, negociar, ceder y cooperar. El artículo sostiene que esas habilidades no […]

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Por Andrea Dancuart Sardá | Publicado el 28 de setiembre de 2026

Entre los 4 y 6 años, los niños atraviesan una etapa decisiva para el desarrollo de sus habilidades sociales: descubren que forman parte de un grupo y que convivir implica escuchar, esperar, negociar, ceder y cooperar. El artículo sostiene que esas habilidades no surgen de manera espontánea, sino que se enseñan, se modelan y se practican (Bandura, 1987), en un proceso en el que la escuela ocupa un lugar privilegiado. Desde la experiencia cotidiana en Inicial, se describen situaciones —el juego simbólico, el juego con reglas, la lectura compartida, la construcción conjunta— en las que los niños esperan su turno, resuelven conflictos mediante el diálogo y aprenden a tolerar la frustración. Frente a la inmediatez y al avance de las pantallas, el texto reivindica el encuentro real y la guía docente como condiciones para formar ciudadanos seguros, empáticos y capaces de convivir.

Palabras clave: habilidades sociales en niños de 4 a 6 años, desarrollo social en educación inicial, habilidades sociales en preescolar, juego cooperativo en educación inicial, juego simbólico y habilidades sociales, tolerancia a la frustración en niños, aprendizaje socioemocional en la primera infancia, convivencia escolar. educación integral

Vivimos en el que la inmediatez se ha instalado en nuestro día a día y, casi sin darnos cuenta, también ha llegado a la infancia. Hoy los niños crecen rodeados de estímulos constantes: pantallas, actividades planificadas y respuestas rápidas a sus necesidades. Muchas veces, con la mejor intención, los adultos buscamos facilitarles el camino, evitarles frustraciones o llenar cada espacio libre para que nunca se aburran. Sin embargo, en ese intento de protegerlos, podemos estar dejando de lado aprendizajes fundamentales para su desarrollo.

Entre los 4 y 6 años, los niños atraviesan una etapa especialmente significativa para el desarrollo de sus habilidades sociales. Progresivamente descubren que forman parte de un grupo, que sus deseos conviven con los de los demás y que vivir en comunidad implica aprender a escuchar, esperar, negociar, ceder y cooperar.

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Foto 1. A través del juego simbólico los niños aprenden a compartir, dialogar y cooperar, desarrollando habilidades sociales en situaciones de la vida cotidiana.

Estas habilidades no aparecen de manera espontánea: se enseñan, se modelan y, sobre todo, se practican (Bandura, 1987). Por eso, la escuela tiene un rol privilegiado en este proceso.

Cada juego compartido, cada actividad en pequeños grupos y cada desafío cooperativo representa una oportunidad para aprender mucho más que contenidos académicos. Son espacios donde los niños aprenden a esperar su turno, a expresar sus ideas con respeto y a escuchar las opiniones de los demás. Descubren que no siempre tendrán la razón, que llegar a un acuerdo requiere diálogo y que trabajar en equipo permite alcanzar metas que, individualmente, serían mucho más difíciles.

En estas experiencias también aprenden una de las lecciones más valiosas de la vida: ganar y perder forman parte del camino. No siempre serán elegidos primero, no siempre obtendrán el resultado que esperan y no todas las situaciones saldrán como imaginan. Aprender a tolerar esa frustración en un ambiente seguro, con el acompañamiento de un o una docente que guía, contiene y ofrece herramientas para fortalecer la autoestima y desarrollar recursos emocionales que serán esenciales durante toda la vida.

Por ejemplo, durante un juego grupal, un niño puede sentirse molesto porque debe esperar su turno o porque otro compañero gana. En lugar de evitar inmediatamente esa frustración, el o la docente puede ayudarlo a reconocer lo que siente, validar esa emoción y acompañarlo a esperar y a encontrar una manera adecuada de seguir participando. Del mismo modo, cuando dos niños quieren utilizar el mismo material, la intervención pedagógica puede ayudarlos a expresar lo que necesitan, escuchar al otro y buscar juntos una solución.

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Foto 2. Aprendiendo a respetar turnos y reglas en el juego compartido.

El juego grupal dirigido permite también que los niños experimenten la alegría de colaborar, de celebrar los logros compartidos y de descubrir que el éxito del equipo depende del aporte de cada uno. Poco a poco comprenden que ser un buen compañero, ayudar a quien lo necesita, respetar las diferencias y resolver conflictos mediante el diálogo son habilidades tan importantes como aprender a leer o resolver un problema matemático.

En un contexto donde las pantallas ocupan cada vez más espacio en la vida cotidiana de los niños, generar momentos de encuentro auténtico cobra especial valor. La American Academy of Pediatrics (AAP, 2016) señala la importancia de favorecer un equilibrio entre el uso de medios digitales y otras experiencias fundamentales para el desarrollo, como el juego, el sueño, la actividad física y las interacciones familiares y sociales. Conversar, interpretar gestos, comprender emociones, esperar una respuesta y sostener una interacción son aprendizajes que se fortalecen especialmente a través de experiencias reales con otras personas.

Nada de esto ocurre por casualidad. Detrás de cada dinámica, de cada juego cooperativo y de cada situación cotidiana existe una intención pedagógica. El adulto observa, acompaña, interviene cuando es necesario y ofrece estrategias para que los niños puedan resolver conflictos, expresar sus emociones y construir relaciones sanas. Esa guía respetuosa y consciente es la que convierte cada experiencia en un verdadero aprendizaje.

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Foto 3. Los momentos de lectura compartida favorecen la atención, la comunicación y el vínculo entre pares.

En el aula, este acompañamiento se observa en situaciones tan cotidianas como organizarse para construir juntos una torre, ponerse de acuerdo sobre quién realizará cada parte de una actividad o resolver un desacuerdo durante el juego. Son pequeños momentos que, acompañados de manera intencionada, permiten a los niños practicar la escucha, la negociación, la empatía y la capacidad de llegar a acuerdos.

Desde la experiencia cotidiana en el nivel Inicial, se observa que cuando los niños cuentan con oportunidades frecuentes para interactuar, asumir pequeñas responsabilidades y resolver situaciones con sus compañeros, van ganando progresivamente autonomía y seguridad para desenvolverse dentro del grupo. Aprenden a pedir ayuda, expresar lo que necesitan, reconocer cómo se siente otro y buscar alternativas frente a un conflicto. Estas experiencias también favorecen una mayor disposición para colaborar y participar en actividades compartidas.

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Foto 4. Construir juntos una torre desarrolla la cooperación y alegría por los logros obtenidos, escuchando ideas y poniéndose de acuerdo en pequeñas decisiones.

Volvemos así a una realidad que atraviesa la infancia actual: cuando los adultos resolvemos rápidamente cada dificultad, evitamos el aburrimiento o intervenimos antes de que aparezca la frustración, reducimos algunas de las oportunidades naturales para que los niños aprendan a esperar, buscar alternativas, negociar y perseverar. La escuela puede convertirse, entonces, en un espacio especialmente valioso para recuperar esas experiencias. Un juego que no resulta como esperaban, un turno que deben esperar, una actividad que exige ponerse de acuerdo o un conflicto que necesitan resolver son oportunidades concretas para aprender a convivir.

Como educadores, tenemos la responsabilidad de formar no solo niños con conocimientos, sino personas capaces de convivir, colaborar y desenvolverse en una sociedad cada vez más compleja. En este sentido, Goleman (1996) sostiene que competencias como la empatía, el autocontrol y las habilidades para establecer relaciones positivas constituyen un pilar fundamental para el bienestar y el desarrollo personal. Por su parte, Vygotsky (1979) afirma que el aprendizaje y el desarrollo se construyen en la interacción social, donde el acompañamiento de adultos y pares permite que el niño alcance niveles cada vez más altos de desarrollo.

Promover intencionadamente las habilidades sociales desde la educación inicial no es un complemento del currículo, sino una necesidad para formar personas seguras, empáticas, resilientes y capaces de construir relaciones saludables durante toda su vida.

Referencias

American Academy of Pediatrics, Council on Communications and Media. (2016). Media and young minds. Pediatrics, 138(5), e20162591. https://doi.org/10.1542/peds.2016-2591

Bandura, A. (1987). Teoría del aprendizaje social. Espasa-Calpe.

Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Kairós.

Vygotsky, L. S. (1979). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Crítica.

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